REZAR NO ES SOLAMENTE REPETIR ORACIONES

En mi opinión, hemos reducido mucho el significado de la oración, y la hemos restringido a la repetición sistemática de una plegaria –que en muchas ocasiones recitamos inconscientemente y atendiendo más a otra cosa-, y rezamos -bastante a menudo-, como compensación o a cambio de algo que vamos a pedir a la divinidad.

Algunas personas piensan que, en realidad, no hay que pedir a Dios, porque Él ya conoce las pruebas que cada persona tiene que pasar, las dificultades con que se encuentra, las necesidades, y los deseos de cada persona, y conoce perfectamente lo que es bueno para cada uno y lo que todavía no hay que darle por mucho que crea que lo necesita, y es lo suficientemente generoso como para no tener que sobornarle con oraciones o promesas.

Otros piensan que repitiendo las oraciones se halaga el ego de Dios y se Le reblandece para que conceda lo que se le va a solicitar después.

En mi opinión, repetir las mismas oraciones de siempre, una y otra vez, a un Dios que las ha escuchado millones de veces, supongo que es menos interesante para Él que escuchar las improvisaciones que puedan brotar de un corazón que desea manifestarle su amor o su desconcierto o su miedo.

Porque rezar no es solamente repetir oraciones, de cualquier religión, por muy bien construidas que estén, por muy apreciadas que sean.

Rezar es hablar con Dios, y si se Le recita exclusivamente una oración que Él ya conoce, no se le despierta el interés.

Tal vez Le apetezca más escuchar el reconocimiento verbalizado de lo que uno siente de verdad –porque, sinceramente, me parece que casi no se siente sinceramente lo que se dice en cualquiera de las oraciones-.

Apostaría a que prefiere escuchar un monólogo -aunque sea desconcertado- que brote del corazón, o de cualquiera de los estremecimientos nobles que tenemos, o que incluso sea una confesión caótica, una súplica desordenada y sin concretar bien del todo, o el grito rabioso por la incomprensión de algo que se está viviendo o sintiendo, o tal vez esté dispuesto a escuchar las quejas, las dudas, los decaimientos de la fe, las reclamaciones alteradas, las confidencias, las confesiones íntimas como entre amigos.

Rezar no es repetir oraciones, es crearlas en cada conversación que uno tiene con ese Dios al que se dirige, aunque en realidad se esté dirigiendo a sí mismo sin ser consciente de ello.

Rezar es –también- hablarle de las buenas noticias del día, de las cosas que han emocionado, del trabajo, de los sentimientos, o contarle los reproches que se le pueden hacer, o reclamarle por su falta de claridad a veces, por lo enigmático que aparenta ser casi todo, o por su silencio de palabras que se puedan comprender perfectamente.

Rezar es –también- poner palabras a los sentimientos, pensar dentro de uno, preguntarse… Y si todo eso se dirige a Dios -o a quien cada uno dirija sus oraciones-, es muy posible que se reciban respuestas.

Lo que pasa es que las respuestas no son siempre inmediatas ni se dicen siempre con palabras. A veces, varios días después sucede algo en nuestra vida que es una revelación a nuestra pregunta. Y si no recibes una respuesta clara, contundente, no desesperes: hay preguntas cuyas respuestas resultan ininteligibles con nuestra mente humana. Y hay preguntas para cuyas respuestas no estamos preparados.

Rezar es –también- hacer confidencias sin voz a un destinatario que no responde. En esos casos, conviene recordar que cuando uno reza, o cuando uno pide algo a través de la oración, en gran parte se está rezando a sí mismo y se está pidiendo a sí mismo.

Más allá de la repetición inmutable de una serie de oraciones que son ajenas, está una de las maravillas de la oración, que es la posibilidad de la conversación directa con Dios –o con la divinidad que habita en cada uno o en la que cada uno cree-, donde uno puede hacer todas las preguntas y denuncias y confidencias que desee.

Rezar no es reproducir las mismas oraciones como si uno fuera una grabación en bucle. Rezar no es multiplicar lo mismo una y otra vez sin cambios. Rezar no es recitar de continuo una misma aburrida letanía. Rezar es contactar con Dios –con el Dios o la divinidad de cada uno-, y cuando así se hace conviene no ser aburrido ni repetitivo.

Sé creativo. Que tus oraciones sean como las conversaciones que tendrías con el propio Dios si le tuvieras delante y tuvieses mucha confianza con Él.

Si no lo haces así, pruébalo.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

“Oír o leer sin reflexionar es una tarea inútil”. (Confucio)

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Comentario por Victoria Yauri M el marzo 4, 2017 a las 3:19am

Excelente reflexión,  muchas gracias, permíteme compartirlo. Namasté

Comentario por Irma Rosario Mondaca Cota el marzo 3, 2017 a las 5:10am

Muy cierto, es conectarse desde la apertura del corazon agradeciendo su amor infinito y poco a poco hablarle con fe a sabiendas que te escucha

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