YO CONMIGO

En mi opinión, hay una cosa muy evidente, pero que muy evidente, tan básica que parece demasiado simple -incluso una enorme perogrullada-, algo que parece que no es necesario hablar de ello… pero que sí hay que hablar de ello.

Es esto: si hay un denominador común a lo largo de toda la vida de cualquiera de nosotros es que uno siempre ha estado consigo mismo.

Ya lo advertí: demasiado simple. Elemental. Algo archisabido. Nada nuevo.

¿O sí?

Desde que uno nació y hasta este mismo instante -aunque está previsto que siga siendo hasta el día de la muerte-, uno se ha acompañado a sí mismo en todo momento: durante el parto, a lo largo de la infancia, en los actos más notables y en los tiempos más difíciles, en el inodoro y en la cama, con ganas o sin ellas… y esto que aparenta no tener importancia por ser tan básico, resulta que sí es importante porque observándolo con atención, nos hace darnos cuenta de que la convivencia con nosotros mismos es algo continuo, inevitable, de larga duración, de insistente relación, y por ello conviene que sea buena, agradable, amena, satisfactoria, y enriquecedora.

Es primordial e imprescindible que la concordancia con uno mismo, la relación sincera y sin zancadillas, el amor en vez de la enemistad, el auto-cuidado exquisito, el respeto intachable en cualquier circunstancia, y la voluntad de cooperación, estén siempre ineludiblemente presentes en la relación que cada uno mantiene consigo mismo.

El hecho de que estemos con nosotros a todas horas, en todas las circunstancias, en cualquier lugar, no ha de menospreciar ni desapreciar la relación, que debiera ser óptima en todos los instantes, ya que debiésemos ser para nosotros como con nuestro amado cuando recién le conocemos y no deseamos que ese estado idílico desaparezca nunca.

Ya que llevamos juntos tanto tiempo, y que nos queda aún más tiempo de seguir juntos –cada uno consigo-, es conveniente y hasta provechoso que nos llevemos bien, que rememos en la misma dirección, que podamos dialogar con libertad y con apertura –como lo hacemos con nuestro más querido e íntimo amigo-, que nos demos todo tipo de facilidades para que la relación fluya y que cada uno sea su propio y mejor aliado.

Ya sé que parece extraño eso de disociarnos en dos partes, pero la realidad es que todos hemos vivido o vivimos así. Todos conocemos esa experiencia de sentir que alguien desde dentro nos boicotea, o que nos critica, o que no está de acuerdo siempre y con todo, incluso que se siente a disgusto por formar parte de uno y que preferiría estar en otra persona.

En realidad, todos albergamos en nuestro interior multitud de yoes. Unos están a nuestro favor y colaboran, y otros –más egoístas y menos solidarios- se dedican a criticarnos, a sacarnos faltas y defectos, a criticarnos y juzgarnos con crueldad y sin respeto, hasta a obstaculizarnos en los propósitos que diseñamos pensando en nuestro bien.

Si tú no eres de esas personas, enhorabuena. No sé si eres consciente de lo satisfactorio que es eso.

Si eres como la inmensa mayoría, te sugiero que revises tu relación contigo. Que tengas una conversación con ánimo conciliador. Que te marques buenos propósitos y pidas colaboración por parte de todos los que te componen. Que te mires al espejo y te sonrías desde el corazón. Que te des un abrazo, firmes la paz, y disfrutes de tu compañía.

Y que así sea siempre y por siempre.

Aunque, claro, eso depende de ti.

Tú decides.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

“Oír o leer sin reflexionar es una tarea inútil”. (Confucio)

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