TOLERANCIA A LA FRUSTRACIÓN

En mi opinión, nos mantenemos muy firmemente en la pretensión de crearnos una vida perfecta en la que no tengan cabida los problemas, los conflictos, los disgustos, las complicaciones, el malestar, los inconvenientes, las frustraciones…

En realidad, lo que nos interesa es todo aquello que no pueda alterar una vivencia tranquila en la que sólo queremos lugar para la paz o el bienestar o la comodidad o lo plácido o la ausencia de cualquier tipo de conflicto.

Pretendemos una vida cómoda y llena de aciertos, en la que todo esté a nuestro favor y se cumplan todos nuestros deseos.

Pero eso es imposible. Siempre hay algo que falla en algún aspecto. Nunca se termina de redondear nuestra vida de forma que seamos capaces de exhalar continuamente un suspiro de tranquilidad junto a una sonrisa que desprenda paz.

Por nuestro propio bien, y por nuestra estabilidad emocional y personal, sería muy conveniente aceptar que no todo y no siempre van a salir a nuestro gusto, que el camino no se va allanando por su cuenta a nuestro paso, y que no todos los dioses están pendientes de derramar sus gracias sobre nosotros.

La realidad es que no siempre vamos a acertar en todas las decisiones, y hay que entender que sólo existe una posibilidad de hacer las cosas perfectas mientras que hay millones de posibilidades o formas de hacerlo mal.

La realidad es que no siempre van a salir las cosas a nuestro gusto o de acuerdo a nuestros deseos, aunque pongamos muchísimo empeño en ello, porque no todo depende de nosotros y cualquier cosa ajena puede fallar en cualquier momento. Y esto hay que asumirlo.

Nos van a pasar cosas que nos harán sentirnos mal, y es mejor aceptar ese malestar, ese infortunio, sin hacer de ello un drama irreparable y la madre de todas las desgracias posibles.

Algunas cosas pasan y no tienen remedio. Enfrentarse al gran enemigo que es a veces el azar puede ser una guerra inevitablemente perdida y, a veces, es menos dolorosa y más beneficiosa la rendición.

Y que eso no nos frustre, que no nos sintamos ni víctimas ni culpables de todo. No pretendamos hacer de cada inconveniente una agresión personal y malintencionada.

Es mejor desarrollar hasta el máximo nuestra capacidad de tolerancia y aceptación sin oposición ni drama ante las cosas que son inevitables. No se pueden separar de nuestra vida porque forman parte de la vida. Suceden, se afrontan, se resuelven si se puede, y si no se puede pues se dejan pasar procurando no verse afectados.

Está muy bien la previsión, la preparación para evitar lo indeseado, poner el máximo rigor para que las cosas salgan bien, la vigilancia y el esmero, pero… a pesar de eso algunas cosas se van a escapar a nuestros control porque no están bajo nuestro control, o porque dependen de otros, y cuando suceda algo de eso es preferible no entrar en un bucle de quejas y lamentos, sino procurar que no afecte, o que afecte lo mínimo posible, y evitar responsabilizarse de algo que no des de nuestra responsabilidad.

No se puede generalizar al escribir algo relacionado con este tema, así que al no hablar de un asunto concreto en una persona concreta –porque cada caso es distinto- sólo se puede generalizar. Por eso no hay soluciones, sino sugerencias sobre las que trabajar el caso propio.

Lo más eficaz –aunque no es fácil pero tampoco es imposible- es desdramatizar las cosas. Tratar de quitarle todo la tragedia, porque no es imposible.

Es mejor ser un observador de nosotros mismos y de lo que nos pasa que ser la víctima sufriente de lo que nos pasa. Y esto sí que se puede conseguir. Se puede lograr quedar inafectado -por lo menos en gran medida- por lo que suceda, porque no nos sucede a nosotros sino al personaje que estamos viviendo.

Cuando lo que nos sucede nos parece un ataque directo y personal, hay que mirar si es nuestro ego quien se siente herido y no nosotros. Y si el ataque no es claramente intencionado hay que quedarse al margen, verlo como un suceso sin implicarse directamente en él.

Ayuda mucho en esta tarea de no involucrarse en exceso el hecho de ser capaz de relativizar las cosas. Todo es relativo, y todo depende al final del color del cristal con que se mire, y las cosas pueden ser todo lo graves o leves que uno quiera, porque depende exclusivamente de cada uno valorar las cosas y permitir o no que duelan, o que se las mire con una sonrisa mezcla de paz e ironía que minusvalore aquello que aparenta ser grave.

Eres tú quien decide cómo afrontar los asuntos externos y eres tú quien puede entrenar tu mente y tu corazón para que no sufran innecesariamente, eres tú quien puede mantener la ecuanimidad en los momentos conflictivos y quien puede elegir entre frustrarse o aceptar sin oposición y sin drama.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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