TENEMOS MÁS PREGUNTAS QUE RESPUESTAS

Ten paciencia con todo aquello
que no se ha resuelto en tu corazón
e intenta amar las preguntas por sí mismas,
como si fueran habitaciones cerradas,
o libros escritos en una lengua extranjera.
No busques ahora las respuestas
que no estés preparado para vivir.
Pues la clave es vivirlo todo.
Vive las preguntas ahora.
Tal vez las encuentres,
gradualmente, sin notarlas,
y algún día lejano llegues a las respuestas.
(Rainer María Rilke)

En mi opinión, eso de que cada pregunta pueda tener mil respuestas distintas –aunque sólo una de ellas parezca ser la atinada- nos crea unos conflictos que nos llevan del sufrimiento a la desesperación, y de la duda a la inacción.

Esto es así y hay que estar preparados para ello.

Nos preparan para responder cuando nos preguntan cuántas son dos más dos, o cuál es la capital de Italia, pero cuando llegamos a preguntas o situaciones para las que no estamos preparados –porque no nos han preparado, que no es sólo culpa nuestra…- entonces, la falta de claridad nos puede llegar a desbordar y condenarnos a no tomar ninguna respuesta como buena, ninguna duda como satisfecha, y quedarnos atascados sin poder avanzar.

Nos hemos “equivocado” anteriormente en algunas respuestas o decisiones, y hemos comprobado que las consecuencias siempre son auto-agresivas; siempre nos hacemos pagar –y caros- los “errores”. Y pongo las comillas porque no siempre los “errores” son errores.

A pesar de ello, es conveniente hacerse las preguntas y es preferible no sentirse consternado ante la falta de una respuesta inmediata.

¡Quién sabe si dentro de nosotros tenemos miles de respuestas esperando que aparezcan sus preguntas!

Me gusta creer –porque sólo es una creencia- que el hecho de tener la valentía de hacerse las preguntas pone en marcha un mecanismo que está atento a buscarles sus correspondientes respuestas.

Lo creo porque cada vez estoy más convencido de eso que supongo, y quiero creer que las preguntas siguen en el interior vivas, incansables, a veces desorientadas, pero buscando las pistas en cosas que le lleven a su destino.

Es por eso por lo que, a veces, y cuando no pensamos ya en aquella pregunta -que parecía relegada al olvido- una palabra en boca de otra persona, una frase célebre -de esas que hay que celebrar que existan-, una ráfaga de lucidez, o un recuerdo que se activa aparentemente de un modo espontáneo, matrimonian pregunta y respuesta, y nosotros asistimos ilusionados al enlace.

No hay que temer a las preguntas. Más temibles pueden ser las respuestas. Más temible es dejarlas en la intención pero sin darles permiso para que nazcan.

Escuchar nuestras preguntas es escucharnos.

Todos –promuevo que no hay que decir “todos” generalizando, pero voy a repetirlo en este caso: Todos- somos más sabios de lo que creemos, tenemos más respuestas de las que nos permitimos mostrar, somos más fiables de lo que sospechamos.

Casi todos preferimos decir “no lo sé” antes que meternos en un proceso introspectivo a la búsqueda de nuestra verdad. O preferimos conformarnos con las respuestas ajenas, que el algún caso pueden coincidir con las propias, pero que en otras ocasiones son tan ajenas que en nuestro interior se rechazan como una trasfusión de sangre de otro grupo, que es incompatible aunque sea del mismo color que la nuestra.

Preguntarnos es obligarnos a ser más inteligentes, a activar todo el conocimiento que tenemos oxidado en alguna parte, a confiar en nuestra propia ciencia y discernimiento.

Así que… no temas hacerte preguntas, y vívelas como sugiere el poeta Rilke.

Y, sí, relee de nuevo su poesía que es lo que has pensado ahora.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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