¿SOY EL QUE ERA?, ¿SOY EL QUE PENSABA SER?

En mi opinión, estar y prosperar en un Proceso de Desarrollo Personal es una de las tareas más duras que te puedes plantear. No es fácil. Y muchas veces no es agradable. Tomar conciencia real, sin ningún tipo de anestesia ni auto-engaño, de quién estás siendo en este momento y del camino que has andado para llegar hasta aquí, no es fácil.

Aceptar y asumir todo el pasado y todo lo pasado sin hacer ningún tipo de auto-crítica, no es fácil. Amarse del todo y sin condiciones, no es fácil.

Termino todos mis escritos -que son invitaciones a tener conciencia y consciencia- del mismo modo: “te dejo con tus reflexiones…”. Te dejo. Yo me lavo las manos. Te he llevado hasta cierto punto, te he hecho cuestionarte algo, os he revuelto por completo a ti y a tus emociones, y luego te dejo solo y a solas. Tú con tus reflexiones, que no siempre son amables ni agradables. Te dejo en la mayoría de las ocasiones con más dudas y más preguntas, lo sé. Mi deseo es que las atiendas y las resuelvas, que sigas adelante, pero esa es una tarea que depende de ti y sólo la harás si hay una voluntad real, firme, insobornable, de seguir hasta el fondo, hasta el final. Está bien que recibas ideas externas y objetivas, incluso algún apoyo, y que te aparezcan señales indicativas, pero tu camino lo tienes que hacer tú. Así tiene que ser.

Enfrentarse a ciertas preguntas no es nada agradable. Molesta que se te ponga a la vista con innegable evidencia algo que has intentado ocultar y ocultarte. En realidad no son desagradables las preguntas y sí lo son las respuestas. Las preguntas serían bien recibidas si les correspondiera un sí, pero muchas veces les corresponde un no, o viceversa. O sea, no son lo que nos gustaría que fueran.

Eso nos enfrenta a nuestra conciencia, al auto-concepto o la autoestima, a comparar nuestra realidad con el concepto ideal que nos habíamos formado de nosotros mismos. Y no siempre salimos bien parados.

Si uno se pregunta “¿soy el que era?” esa pregunta le llevará, muy posiblemente, a responder primero con una mirada interior de tristeza, después con el reconocimiento de que no es el que era, y después es cuando se dará cuenta de lo que ha cambiado, de lo diferente que es si se compara con otra época de la vida. Cuando se sale victorioso del enfrentamiento y uno se reconoce más tranquilo, moderadamente feliz, o más asentado, todo va bien. Cuando se sale malparado, porque uno se da cuenta que ha perdido la espontaneidad, la sonrisa, las ilusiones, o una gran parte de su vida, ese darse cuenta es un reproche que se vuelve agresivo contra uno mismo.

Si uno se pregunta “¿soy el que pensaba ser?” es muy posible que se repita el proceso anterior y con unos resultados similares. No hay duda de que hay que enfrentarse a esas dos preguntas –y a otras más- y sin miedo, porque descubrir cómo se encuentra uno realmente en este momento, y quién está siendo, da la oportunidad de mantenerse en el camino correcto en el que uno se encuentra, si es así, o da la oportunidad de hacer los cambios que se consideren oportunos para que, a partir de esta toma de conciencia, se logre que haya coherencia entre lo que se desea hacer y ser, y lo que uno de verdad hace y es.

Así es el camino que acerca a la perfección, o sea, a la esencia, al que uno es pero no siempre manifiesta. Y es un hermoso camino.

¿Soy el que era?, ¿soy el que pensaba ser? enfrentarse a estas dos preguntas puede marcar la diferencia entre seguir como siempre o cambiar la vida.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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