SI ALGO TE MOLESTA, ES TU PROBLEMA

En mi opinión, si culpabilizamos a los otros por las cosas que nos molestan es simplemente porque no queremos aceptar y asumir que somos nosotros, y solamente nosotros, quienes otorgamos a las cosas el poder de alterarnos, de dolernos, o de hundirnos.

Los otros actúan por su cuenta, hay muchos asuntos que no dependen de nosotros, y somos nosotros quienes les ponemos a todo eso un adjetivo que nos duela y agravie, o quienes les podemos otorgar una indiferencia a la que podemos llamar preservación y sabiduría.

Son el ego o el orgullo quienes nos ponen en el estado de sentirnos agredidos, de ser víctimas o sufrientes, ya que como personas podemos ser capaces de mantenernos casi indolentes, serenos y sólo observantes, ante los acontecimientos que no son de nuestro agrado.

Ante la misma cosa o situación se puede reaccionar con rabia o con violencia, con dolor o resentimiento, o se puede convertir uno en el observador inafectado que se da cuenta de los hechos sin implicarse dolorosamente, sin tomárselo como algo personal aunque sea uno personalmente quien lo recibe.

No puedo negar que los Seres Humanos nos sentimos afectados directamente por los estados de ánimo que provocan las emociones o los sentimientos, y que éstos son descontrolados porque tenemos una reacción preparada para aplicar en esas situaciones, pero… ¿quién dice que tenemos que seguir reaccionando siempre del mismo modo? Seguir reaccionando igual implica aceptar que no estamos aprendiendo nada en nuestro particular Camino de Desarrollo Personal.

Si uno es capaz de disociar el que es realmente del personaje con el que está actuando en la vida, o sea diferenciar entre el animal que reacciona y el humano que toma las decisiones adecuadas en cada momento de un modo particular y adecuado, se evitará muchos disgustos y muchos sufrimientos negativos e innecesarios.

No se trata, por supuesto, de matar los sentimientos, de convertirse en el hombre de hielo que no tiene corazón, porque sí lo tenemos, pero conviene aprender a manejar los sentimientos desde la ecuanimidad.

Es beneficioso aprender a encontrar la paz que hace ver las cosas desde un punto de vista más elevado, más generalizado, de modo que se pueda ver todo como parte de un conjunto y no como acciones individualizadas.

“Estoy yo y están mis sentimientos”. Si uno comprende esta frase –que es la construcción que se emplea habitualmente al hablar-, se da cuenta de que hay un poseedor o propietario, y está lo poseído.

Hay un “yo” que se da cuenta de que tiene unos sentimientos.

Ese yo puede intervenir en sus pensamientos, en su mente, hasta puede ser consciente de sus respuestas emocionales, que casi siempre son una reacción pre-programada, y puede modificarlo desde el consciente para que las respuestas indeseadas no sigan siendo las mismas cuando son de nuestros agrado.

Observar. Observarse. Ahí está la clave.

Convertirse en un continuo Yo Observador impecable que no desatiende su función.

Atender a todo lo que concierne a uno y todo aquello donde uno está implicado o afectado.

Eso nos hará darnos cuenta de que cuando algo molesta tenemos que localizar dónde se produce esa molestia, por qué se produce esa molestia y, sobre todo, a quién le molesta.

Si uno aprende a relativizar las cosas, a ponerlas en su justo sitio y no magnificarlas ni dramatizarlas, le resultará mucho más fácil y amable andar por la vida. Por su vida.

¿Le das permiso a algo ajeno a ti para que te moleste?

¿No es un poco incongruente esto?

¿Quién se siente molesto realmente?

¿El Ser Trascendental que somos o el ego orgulloso y resentido?

Tal vez tengas que revisar esto y ver si tras el examen sigues estando de acuerdo con ello o quieres hacer ciertas modificaciones. Y si lo haces –y ya lo sabes- tú eres el primer beneficiado.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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