SER FELIZ SÓLO DEPENDE DE TI

En mi opinión, este asunto de la felicidad es inagotable. En todos los sentidos: como estado al que aspirar y como motivo de debate.

Hasta que uno no se para a resolver este asunto por sí mismo, en sí mismo, a personalizarlo en vez de tratarlo como algo teórico y ajeno, no empieza uno a darse permiso para acercarse a la felicidad auténtica, para apoderarse de ella, para instalarse en ella y vivirla en su totalidad, porque cuando uno trata este asunto –y todos- desde la mente –como un simple ejercicio intelectual-, es casi como si no tuviera que ver con uno directamente.

Cuando se habla de “la felicidad”, se habla de un concepto, de una idea, de algo que está ahí como si solamente sirviese para filosofar.

Cuando se habla de “mi felicidad” debería tratarse de otro modo distinto, y no como una conversación coloquial ni como algo ideológico sobre lo que se puede especular pero inafectadamente, evitando que eso le conmueva a uno.

“Mi felicidad” es algo que me atañe a mí, por lo tanto requiere centralizar en mí esa reflexión mental, en la que también han de intervenir –y con un papel preponderante- el corazón, y mi dignidad, y mi Amor Propio.

Cuando uno trata de “Mi felicidad” todo ha de girar en torno a uno mismo, sin abstracciones. Yo como sujeto y yo como objeto central sobre el que ha de girar. Yo como afectado directo y como objetivo directo. Yo como beneficiario directo.

De este modo es como se evita la dispersión en generalidades, o como se evita que uno piense en la felicidad de “los otros”, o simplemente desde un punto de vista retórico, o que piense en la felicidad como un asunto utópico o un asunto inalcanzable.

“Mi felicidad” depende de mí, y es interesante –casi imprescindible- conseguir que no dependa de los otros, no ponerla en manos ajenas, y menos aún dejarla como algo impredecible que está en manos de la fortuna o el destino, y que tanto podemos ser agraciados con ella como rechazados.

No es un asunto del azar o de los hados, más bien es un resultado o un efecto.

Es conveniente, eso sí, despojarse de la idea de la felicidad con los atavíos externos con los que la emperejilamos, porque puede suceder que el hecho de no encontrarla con esos adornos externos –sonrisas, risas, satisfacciones, brillo, u otras parafernalias- nos haga creer que no la hemos encontrado o que no la estamos sintiendo y viviendo.

La felicidad puede ser discreta y mostrarse muy serenamente, casi inapreciable desde fuera, porque es un algo que se ha de sentir interiormente –repito: no fuera- y por tanto no es necesario estar demostrándola.

Si acaso hubiese un modo de mostrar la felicidad sería manifestando una especie de paz interior y completa que sea indefinible pero que sea apreciable por uno mismo y por los que nos miran.

Lo he dicho en otra ocasión: uno puede ser y ha de ser feliz incluso en los momentos de tristeza, aún cuando se muestre serio, aunque esté dormido, o en un entierro, porque la felicidad es, sobre todo, un sentimiento que no es necesario manifestar… pero es inevitable sentir.

Con esto último me refiero a que no es el resultado de una fórmula matemática o algo que se pueda recrear en un laboratorio. El hecho de tener una buena colección de logros sociales no la garantiza, ni tampoco el hecho de ser millonario, de ser atractivo, disfrutar de una pareja encantadora, o tener hijos y una gran casa.

La felicidad es interior –como ya has leído-, no es algo externo, así que no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos.

Aunque también puede ser una sensación a la que uno llega tras darse cuenta de un estado interior que le empuja a sentirlo de ese modo. No se logra racionalizándolo, ni alcanzando objetivos, ni porque se reúnan en uno una serie de condiciones. A veces es un sentimiento indefinible que no necesita explicación: uno se siente y se sabe feliz… y ya está.

Esto es muy importante que sea comprendido: La felicidad debe ser algo que no se tambalee con los vaivenes de la vida cotidiana, de modo que un objetivo no cumplido no sea un asesino de la felicidad, ni que un desaire haga que ésta dude de sí misma, ni que la carencia de cualquier otra cosa -que no sea la propia felicidad- sea quien nos condene a la infelicidad.

Básicamente hay dos opciones: felicidad o infelicidad (aunque haya puntos medios), y es decisión de cada uno si decantarse por la primera y hacer todo lo necesario para que se instale definitivamente en uno, o rendirse a la segunda y padecer sus inconveniente.

Y eso –en tu caso- lo decides tú.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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