RESPÉTATE

En mi opinión, el respeto a uno mismo es algo que hay que aplicarse de un modo riguroso que no admite ningún tipo de excepción.

La dignidad personal es lo más respetable y noble que cada individuo posee, y hay que defenderla de modo que nadie la mancille, ni siquiera uno mismo. Tan ilustre es.

La falta de respeto por uno mismo, hacia uno mismo, se manifiesta de modos que a veces son tan sutiles, o los tenemos tan integrados que no les damos importancia, nos parecen “normales”, y los seguimos repitiendo de un modo agresivo e inútil.

No solamente necesitamos el respeto ajeno, sino –y sobre todo- el nuestro propio. De su falta se deriva, en gran medida, el hecho de tener una autoestima baja o, cuanto menos, débil.

Es necesario reconocer ante nosotros mismos cuánto valemos, nuestras necesidades reales, nuestros estados emocionales, nuestros gustos y principios, y todo eso ha de ser escrupulosamente respetado por nosotros y por los demás.

No está nada bien que nos impongamos exigencias que estén por encima de nuestras posibilidades reales, que nos despreciemos o nos insultemos por nuestras circunstancias personales o por asuntos que pertenecen al pasado, ni vivir una vida demasiado presionada y con un alto riesgo de estrés o insatisfacción en la relación con nosotros mismos, que dejemos la tasación de nuestra valía en función de los triunfos que hayamos obtenido en lo social o en lo económico, que no seamos capaces de aceptarnos si no nos acepta la sociedad con sus normas, que no respetemos nuestra identidad y unicidad, o que seamos unos jueces rigurosos y excesivamente exigentes para con nosotros mismos.

Sí está bien que comprendamos y aceptemos todas nuestras imperfecciones –que son parte de nuestra humanidad-, que nos amemos a pesar de todas las cosas nuestras que no nos gustan, cuidarnos en aspectos físicos/mentales/emocionales, que nos toleremos a pesar de errores y defectos, que nos aceptemos del todo y sin sentimiento de frustración, que nos demos libertad para mostrarnos como realmente somos, valorarnos sin falsa modestia, entender y aceptar nuestros estados de ánimo a veces variables, sentir plácidamente esa agradable sensación que produce llevarse bien con uno mismo, y poder sonreírse frente al espejo.

Del respeto hacia uno mismo nace la buena relación, cosa que conlleva –además del bienestar que eso produce- mayor y mejor claridad en las cuestiones relacionadas con uno mismo, más objetividad a la hora de tomar decisiones; el respeto fortalece, da valor a uno mismo frente a sí y frente a los otros, permite expresarse de un modo natural y espontáneo, promociona la satisfacción de las necesidades personales como un gesto de Amor Propio, y la expresión natural y sin vergüenza de emociones y sentimientos.

Será bueno que valores cómo te estás tratando, si tienes una necesidad urgente y obligatoria de reconducir la relación contigo, si tienes que reconciliarte con los enemigos que albergas en tu interior, si tienes que revisar toda tu escala de valores o incluso tus principios fundamentales para que aparezca en ellos, y de un modo indestructible, que el respeto a ti mismo ha de prevalecer por encima de estados de ánimo puntuales, o por encima de convencionalismos ajenos y de otras opiniones que sean distintas de las tuyas.

Respetarse a uno mismo implica marcar unas líneas que no se han de atravesar bajo ningún concepto y en ninguna circunstancia; es ponerse a salvo de cualquier cosa que pueda ser agresiva para con uno mismo, es preservarse –ese maravilloso gesto- poniéndose a salvo de cualquier agresión, sea del tamaño que sea y venga de quien venga.

Cualquier cosa honrada que uno emprenda para favorecerse a sí mismo ha de ser apoyada incondicionalmente, y ha de gozar de prioridades y privilegios, porque siempre será uno –en primer lugar, y luego también lo serán los otros- el principal y directo beneficiario de cualquiera de las cosas que se hagan.

Es de ley, es de justicia, es de honor, respetarse.

Respétate y serás respetado.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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