QUE NO SE TE OLVIDE VIVIR CADA DÍA

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado

(José Luís Borges)

En mi opinión, como en la tuya propia si te permites reflexionar sinceramente acerca de ello, la mayoría de los días nos olvidamos de vivir.

La mayoría de los momentos de los días andamos atropelladamente, pendientes de compromisos, obligaciones, responsabilidades, urgencias, trabajos, resultados, tengo que hacer, de prisa, no llego…

La casi totalidad de nuestro tiempo de estar en este mundo se nos va sin que nos demos cuenta, sin que tengamos tiempo de VIVIRLO, de disfrutarlo, más atentos a lo ajeno que a nosotros, más pendientes de lo que se nos impone o nos imponemos que de lo que hay en nuestro interior.

Desperdiciamos, derrochamos, y malgastamos tanto de ese tiempo del que disponemos, que al final nos pertenecen sólo las migajas de nuestra vida, unos pocos minutos sueltos flotando medio muertos sobre un océano de minutos muertos.

“He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”, dice el poeta.

Es dolorosa esa toma de conciencia, es dramático el reconocimiento de una vida despilfarrada por la falta de atención, por no saber apreciar y valorar esta impagable vida que nos han regalado, es punzante el mea culpa entonado por no haber sido feliz, por haber cometido un pecado cuya única penitencia y castigo es la irrecuperabilidad de todo lo perdido.

No haber sido feliz, como no haber VIVIDO, provocan una amargura inconsolable. Nada puede calmar esa angustia, nada aquieta esa congoja, nada evita esa opresión en el alma, nada seca la infinita lágrima.

¿Qué estoy haciendo con mi vida?, se puede preguntar cada uno, y quedarse quieto a esperar la respuesta. Y mejor esperar con un pañuelo preparado, porque si uno se da cuenta de lo que está haciendo con su vida, de dónde está dejando la atención a sí mismo y a su vida, y cómo pierde impunemente tantos y tantos momentos que pudiesen brillantes pero acaban apagados, puede comenzar un gemido desconsolado, una pena de la que resulte difícil escapar, y una congoja de esas que matan el alma por el ácido que incorporan.

Este puede ser un final lógico para quien anda por el mundo sin reparar en los detalles, sin mirarse en el espejo varias veces al día, sin hacer un continuo examen de conciencia y del cumplimiento de los objetivos trascendentales en la vida, sin repetirse a menudo “Soy yo, estoy aquí”, sin preguntarse, sin atenderse, sin ser él mismo.

Y si uno descubre que lo que encuentra en el pasado, o en el presente, le parece un poco deprimente, un motivo suficiente para la desesperación por eso de que no podrá remediarlo o recuperarlo, o si uno se encuentra al borde del precipicio y con ganas de dar un paso adelante, entonces es cuando se tiene que tomar una de las dos opciones que se presentan ante él: la de quedarse en esa insatisfacción, en el enojo, en el lamento, en el arrepentimiento y sin dar un paso, o la de tomar consciencia de que la vida sigue gastándose aunque no le preste atención, y entonces es el momento de ponerse manos a la obra, vivir atento a la VIDA, y hacer las cosas al gusto para que no se vuelva a repetir nada de lo que ha llevado hasta esa realidad que es el motivo del arrepentimiento.

VIVIR cada día requiere atención, requiere que se le conceda su sitio, merece preponderancia, que no se convierta en un hecho aislado dentro de la existencia, sino que sea el motivo de estar en la vida. Merece que no se olvide, que no se deje para más adelante porque puede que ese “más adelante” nunca llegue, o que al llegar sea ocupado por otro “más adelante”.

VIVIR es, y ha de ser, hoy.

Esto no es aplazable. El contador sigue sin parar.

No hay otra oportunidad: ésta es irrepetible.

Y este asunto requiere una reflexión mucho más intensa que cualquiera de las que hayas hecho hasta ahora. Tal vez no lo resuelvas en cinco minutos, ni aunque te pongas siete veces a verlo, sino que tal vez tengas que dejar que cale dentro de ti la inmensidad del asunto, de modo que no puedas ya sustraerte a su influjo, de manera que no tengas que recordártelo de vez en cuando sino que pase a formar parte de ti de modo que sea indisoluble: tú y tu vida, asunto primordial.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

Si le ha gustado ayúdeme a difundirlo compartiéndolo.

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