NUNCA SE DEJA DE MORIR

En mi opinión, se nos olvida con mucha facilidad que vamos directos hacia la muerte imparablemente.

Y esto es así. No hay pesimismo en esta reflexión: hay verdad.

No soy agorero: soy realista.

Lo que sucede es que ser consciente de esto, sentirlo con la rotundidad que tiene –y sin hacer un drama por ello- nos conecta más con la vida que con la muerte.

Este es un asunto que mucha gente rehúye. “No quiero pensar en eso”, dicen. Como si el hecho de no pensar en ello detuviera el paso del tiempo y con ello se parase la imparable cuenta atrás.

En mi opinión, el contacto sereno con la muerte y la aceptación de su inevitable llegada –pero que no tenga prisa por llegar- lo que consiguen, precisamente, es valorar más la vida.

Hoy tengo vida. Estoy aquí y ahora. Y algún día no podré repetir estas frases porque ya no tendré conciencia de que estoy aquí y en este ahora del mundo.

¿Va a ser esta realidad el principio de una depresión? ¡Por supuesto que no!, ¡Todo lo contrario! Esto es como para dar saltos de alegría. Hoy sigo siendo y estando. Hoy puedo. Estoy a tiempo de llenar mi vida de Vida.

La toma de conciencia de esto, en lo más profundo y en lo más externo de Uno Mismo, ha de ser el inicio de una Vida con más plenitud, con más consciencia.

Es un momento óptimo para una inspección y una introspección en los aspectos actuales de lo que hacemos, y el por qué y, sobre todo, el para qué, y de este modo analizar nuestra filosofía de vida, y ponernos a la tarea –ya inaplazablemente- de tomar el mando consciente de la vida. Ordenarla. Revisarla. Llenarla.

¿Le falta amor a mi vida? A buscarlo, a reactivarlo, a ofrecerlo, a sentirlo.

¿Me falta reír o llevar una sonrisa casi continua? A por ello. Es una decisión personal.

¿Me sobra dramatismo, seriedad, rigidez, pesimismo? A deshacerse de ello.

¿Me sobran miedos? A desmontarlos y despojarles de su veneno.

Creo, y lo digo muy en serio, que en general somos demasiado irresponsables con la vida.

Aplazamos lo que debiera ser inaplazable con una irresponsabilidad que es imperdonable.

No nos tomamos en serio ni a la vida ni a nosotros mismos.

Estoy generalizando, por supuesto –como se hace siempre que se escribe para un lector desconocido-, pero el hecho de llevar tantos años comprobándolo me autoriza a escribir todo lo anterior, que son casi afirmaciones.

El tiempo de vida se consume, a pesar de nuestra desatención y nuestro mal hacer. No se deja sobornar para quedarse quieto. No le da al pause mientras estamos distraídos mirando para otro lado. Sigue.

Y nosotros, lo más que hacemos -y sólo de vez en cuando- es tomar consciencia en el corazón, nos hacemos algún buen propósito, nos arrepentimos de ciertas cosas, simulamos un examen de conciencia, aceptamos el derroche de vida… pero seguimos igual que estábamos.

Ojalá que sea la consciencia de la muerte quien te enseñe a apreciar la vida.

Ojalá sepas valorar y agradecer el mejor regalo del Creador: tu vida. Aunque tenga fecha de caducidad.

Ojalá seas tú uno de los pocos conscientes que valoran la vida en su justa medida: es grandiosa.

Y si no lo eres, estás a tiempo de hacerlo ahora mismo.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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