NO VINO LA VIDA A MI ENCUENTRO

No vino la vida a mi encuentro.

Me quedé sesteando en una quietud de muerte,
despilfarrando mi tiempo de estar aquí
mientras mi ignorancia de saber latir
me anquilosaba y,
poco a poco, me mataba…

Quedé esperando el milagro,
pero el milagro era vivir
y no supe verlo.

Esperaba que una música de violines
anunciara la llegada de la magia,
que el cielo se abriera
contagiado porque una vez se abrieron los mares,
que una algarabía de ángeles niños
precedería la aparición
para que la llegada de la Vida,
mi Vida,
fuera inconfundible.

Pero llegaron las lluvias indolentes,
los vientos desolados,
el sol sin brillo,
las noches apagadas,
la rutina embarazando los minutos
y llegaron los segundos macilentos.

Llegó el fracaso en primera línea,
el frío en la esperanza,
un bostezo que abarcó todas mis edades,
un campo lúgubre y pedregoso
y el silencio plomizo.

Así es como yo lo vi entonces.

Ahora,
a punto de entrar en la caja fúnebre,
presintiendo ya un sermón de condolencia
cuajado de adjetivos buenos,
imaginando el crujido de las lágrimas,
adivinando el negro de los lutos,
soy más capaz de ver lo que no vi
y más capaz de sentir lo que no sentí.

Aquellas lluvias grises eran perfectas:
ningún otro color las ensalza mejor.
Los vientos traían historias de otros lugares,
arrastraban suspiros y amor,
cantaban de incógnito;
las noches eran el reposo de tanta vida;
el sol se reprimía, a veces,
sólo por no cegarnos con tanta Luz, con mayúsculas;
la rutina era el nombre que le daba a mi pereza,
a mi propia apatía,
a la desgana que yo amamantaba…

Perdí la Vida.

No podía haberlo hecho peor: no viví la Vida.

No sé cómo decírselo a mis padres
ahora cuando les vea,
ni sé qué más alegar en este mi juicio final.

No sé cómo perdonarme más
o cómo castigarme menos.

Cuando clausure mis párpados definitivamente,
deseo que cese este ataque continuo.
No quisiera ocupar la eternidad con estos lamentos,
estas diatribas,
esta queja repetitiva por lo que ya es irrepetible.

No ahondaré más en lo mismo.
Escribo con la tinta del dolor.
Lloro de secano y en recogido silencio.
Apelo al tribunal de mi injusticia
para que me absuelva por siempre.

No seré solidario con el poeta:
confieso que no he vivido.

Francisco de Sales

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