MIS PADRES NO ME HACÍAN CASO

En mi opinión, quienes hayan tenido alguna vez este pensamiento, que no es necesario que haya sido puesto en palabras porque se ha podido interpretar tan sólo como una sensación, son personas condenadas a sufrir -hasta que se den cuenta del origen de ello-, una cierta desubicación en la vida, una impresión generalizada desagradable pero sin concretar, o una desazón de origen desconocido.

Los niños que han sido desatendidos por uno o por ambos padres –o que tienen esa impresión, aunque no haya sido así en realidad-, bien porque éstos estaban trabajando fuera durante una gran parte del día o bien porque no les prestaban atención –por estar demasiado ocupados o por ser demasiado desatentos e irresponsables-, como eso les sucedió en una edad en que su mente no estaba preparada para comprender con claridad, para dilucidar con acierto, y para racionalizar los hechos objetivamente, tienden a pensar que si sus padres no les hacían caso, o no estaban con ellos, es porque no les querían.

Esta es una conclusión errónea la mayoría de las veces, pero la mente de un niño no da para más, y esta respuesta a la actitud de ellos es la que les parece más acertada.

“Si no me quieren -sigue pensando la mente inexperta por su cuenta- es porque soy malo, no hay nada bueno en mí, o porque les decepciono, o será porque no hago las cosas bien… claro, será eso: soy malo y no me quieren y además no merezco que nadie me quiera”.

Lo delicado de ese tipo de pensamiento –infundado la mayoría de las veces- es que el niño se lo acaba creyendo y acaba actuando de acuerdo con esta premisa.

Su autoestima queda irremediablemente afectada de un modo negativo, porque el concepto que tendrá de sí mismo es “soy malo”. Además, es posible que asocie a este “soy malo” el hecho de merecer un castigo por ello, y si lo hace así cada cosa desagradable o incluso abusiva que le suceda a lo largo de su vida será recibida y acatada como merecida –“por ser malo”-, y por eso mismo no se revelará contra las situaciones de injusticia que se presenten contra él a lo largo de su existencia, ya que las aceptará cabizbajo y sumiso como algo merecido.

Este pensamiento –repito: infundado, resultado de una idea errónea- marcará el resto de la vida.

Los padres y educadores no siempre actúan mal intencionadamente. A veces es que no saben hacerlo de otro modo. A los padres, antes de juzgarlos, conviene conocerlos bien y, sobre todo, conocer cómo fue la educación que recibieron. En algunas ocasiones es cierto que no prestan atención a los hijos porque no saben ser buenos padres, pero en otros casos solo están repitiendo un modelo educacional que sus propios padres aplicaron con ellos, sin cuestionarse que es un modelo equivocado.

En ocasiones, esta desatención a los hijos la usan como un castigo que no explican a los hijos, y esto es un grave error: cuando se le castiga a un hijo hay que explicarle la razón del castigo. Lo que piensa el padre es: “no te hago caso para que te sientas mal y te duela, para que te des cuenta de que no haces las cosas como yo quiero, y si quieres que te haga caso te tienes que portar bien (según mi criterio) y tienes que hacer todo lo que yo te ordene”.

Debido a esta actitud parental pueden acabar convirtiéndose en niños sumisos, que no se rebelarán ni expondrán sus opiniones, y lo seguirán siendo durante el resto de sus vidas con los graves perjuicios que eso les va a ocasionar.

“Mis padres no me hacían caso”, piensan algunas personas. Puede que sólo fuese uno de los progenitores, pero es igual de doloroso. La autoestima de esos niños/niñas quedará marcada para siempre, el Amor Propio quedará afectado, y una tristeza profunda e inconsolable marcará a fuego una parte del corazón que nunca llegará a sanar del todo.

El único modo de escapar de la influencia de ese hecho es la comprensión. Comprender a los padres -lo que no implica necesariamente amarles ni aceptarles ni siquiera perdonarles-, comprender que uno fue víctima accidental y no culpable –esto hay que entenderlo muy bien-, y comprender que hay experiencias dolorosas en la vida que más adelante muestran su lección y que hay otras que siempre serán incomprensibles.

“Mis padres no me hacían caso”. Sí, es triste. Pero es absurdo estancarse en el lamento, en la rabia. A uno siempre le queda la opción de reeducarse (ver: http://buscandome.es/index.php/topic,12341.msg14589.html#msg14589)
y también de reeducar a sus padres si hiciese falta (ver: http://buscandome.es/index.php/topic,13722.msg16155.html#msg16155)

Si no te hicieron caso, no dejes que eso condicione el resto de tu vida: hazte caso tú, cuida tú de ese niño/niña que se sintió abandonado, no te abandones, cuídate. Ámate.

Y si necesitas un psicólogo que te oriente acerca de cómo hacerlo, no dudes en contactar con él.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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