¿MEREZCO TAMBIÉN LO BUENO O SÓLO LO MALO?

En mi opinión, hay un asunto al que no se le presta la atención que requiere, y es realmente importante: el merecimiento.

En muchas ocasiones, y en muchos asuntos, estamos cerrados a que nos sucedan cosas buenas porque tenemos enquistada en alguna parte de los sentimientos, o de la autoestima, o de la memoria confusa, una convicción de origen indeterminado y desconocido, por la que uno se considera digno de la hecatombes y las desgracias, de las zancadillas y los tormentos, pero no se considera digno de que le ocurran las cosas buenas.

En unos casos son sentimientos de culpa reales, o de una culpabilidad incierta y mal etiquetada que le han adjudicado nuestros educadores a alguno de nuestros actos infantiles, y como nos han hecho creer que por ello “somos malos”, y nos han inculcado que todo acto malo conlleva aparejado un castigo, sin darnos cuenta aceptamos que seguimos mereciendo castigos eternamente por cualquier nimiedad que hicimos en nuestra infancia.

“Mereces todo lo malo que te pase”, nos decían con estas u otras palabras –y otros silencios y desatenciones, que son igual de dañinos-, y nos lo creímos. Los niños –hasta alcanzar la edad en que pueden usar el raciocinio- no se cuestionan nada y se creen todo lo que les dicen los adultos. No lo cuestionan. Los adultos son los que saben. Si les dicen que son malos, o torpes, o unos inútiles, o que serán unos desgraciados, o que no merecen nada bueno… se lo creerán y actuarán como si realmente fuese tal como les dicen. Y, aunque vaya en su propia contra, así se comportarán.

En otros casos, es porque alguien o algo les saca de la creencia en el derecho esencial que cada uno tiene a ser una persona digna, y se siente marginado hacia el lado de los que han venido a este mundo a sufrir, de los que tienen vetada la felicidad y el bienestar, y caen sumisos y rendidos en esta creencia autodestructiva de la que no tratan de evadirse, como perrillos que han sido tan apaleados que ya ni siquiera intentan ponerse a salvo porque lo dan todo por perdido.

Es interesante rebuscar en el inconsciente para ver quién plantó este convencimiento de no ser merecedor de cosas agradables, porque mientras no se erradique de la mente inconsciente esa creencia firme, ese mandato que aparenta ser indiscutible e invencible, uno no se sentirá con ese derecho fundamental del merecimiento por derecho propio a lo bueno, y no se opondrá a todo aquello que se empeñe en desbaratar esa atribución de la que disponemos por el hecho natural de haber nacido como Seres Humanos.

No hay nadie en el mundo que tenga autoridad para arrebatarnos ese derecho, que ha de ser irrenunciable, por el cual somos -por naturaleza- seres llenos de dones y cualidades, con los mismos derechos que cualquiera de las otras personas, con la potestad íntegra de tener las mismas oportunidades que los otros.

La dignidad es un derecho fundamental e irrenunciable. Y es algo a defender con garras y dientes ante cualquiera que pretenda menoscabarla.

Uno ha de poner a salvo, a cualquier precio, su dignidad y su derecho a merecer lo bueno.

Y para eso uno tiene que tener todos los permisos propios concedidos y nada que se oponga a que así sea.

Para conocer tu situación, te sugiero que te hagas preguntas. Muchas y sin miedo. Y que indagues con atención en la búsqueda de las respuestas.

Estas son algunas -como sugerencia-, pero eres tú quien tiene que personalizarlas teniendo en cuenta lo que a ti te afecta, o lo que tú supones que son tus trabas, o dónde crees que se encuentra el origen.

¿Tengo mi permiso para existir?
¿Y para triunfar?
¿Y para sentir?
¿Y para ser yo mismo?
¿Merezco la vida?
¿Merezco la felicidad?
¿Merezco lo bueno?

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

Si le ha gustado ayúdeme a difundirlo compartiéndolo.

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