LA SOLEDAD ENRIQUECEDORA

En mi opinión, la relación con la soledad, si no se sabe llevar adecuadamente, puede llegar a ser dolorosa y traumática por no realizarla del modo apropiado y con las premisas adecuadas.

Es necesario aclarar que, desde cierto punto de vista, existen dos tipos distintos con efectos que pueden llegar a ser opuestos: la soledad impuesta, en la que uno está solo aunque no sea su voluntad estarlo, y la voluntad buscada y deseada.

Hay que distinguir también entre “estar solo”, que se refiere a no convivir con otras personas, y “sentirse solo”, que puede suceder aunque uno viva rodeado de gente.

Eso de “estar solo” no es necesario asociarlo a un estado desagradable e insatisfactorio, porque la soledad es el estado natural de las personas, que en ocasiones se relacionan con otros y parecen formar parte de una comunidad, pero la realidad es que esa comunidad es la suma de varias “soledades” o “individualidades”.

“Estar solo”, por tanto, sobre todo cuando uno está necesitado de ayuda para su manejo personal, por la edad o por impedimentos físicos, sí es un asunto duro y sufriente, pero no es el objeto de este artículo.

“Sentirse solo” sí es un asunto que puede resolver uno mismo, porque se trata de un sentimiento, de una percepción, de algo que no tiene realidad sino que es una visión mental, y tener esa sensación sí que es algo que puede ser, y es algo que ha de ser el origen de una reflexión en la que se busque qué es lo que la provoca.

¿Por qué me siento así? y después de la pregunta viene la espera de la respuesta, que ha de ser sincera, no rebuscada ni acondicionada para que cumpla una previsión, no hecha a medida para satisfacer a nuestro pesimismo o nuestro victimismo, sino pura.

Es más una pregunta más para el corazón que para la mente, y no ha de ser una pregunta inquisitiva, ni acusativa, ni revestida de maldad, sino que ha de orientarse hacia la confiabilidad y confidencialidad, hacia el amor propio en el que uno trata de sanar la relación consigo mismo y con su emociones y sentimientos.

Hay que asumir la soledad como el estado natural y habitual, y entender que esos momentos en que uno se queda solo son momentos que han de ser aprovechados para contactar consigo mismo. Cada uno es el sentido de su propia vida. Conocerse, entenderse, aceptarse, mejorarse…

La soledad ha de ser buscada, ha de ser apetecible, deseada; no ha de existir el miedo a quedarse a solas con uno mismo sino que ha de haber un anhelo continuado y renovado de hacerlo.

Hay una pregunta que puede ser dura pero que hay que afrontar y contestar: ¿Tengo miedo a la soledad o miedo a quedarme a solas conmigo mismo?, o sea… ¿tengo miedo a la soledad o me tengo miedo a mí mismo?

Y si la respuesta es la segunda de las opciones, eso provoca otra nueva: ¿Por qué?

¿Qué es lo que creo que voy a encontrar de mí -en esa soledad- que no me gustará?

¿Y si, en cambio, mirando desde el amor, me encuentro con la mejor parte de mí?, ¿y si resulta que lo que aparenta ser grave no lo es?

El autodescubrimiento de las partes desconocidas ha de ser festejado, sea lo que sea lo que aparezca, porque todo aquello que no nos gusta en nosotros puede ser modificado, y de la sanación de nuestras partes afectadas puede surgir una persona mejor de lo que era antes de iniciar el proceso.

Amor. Este es el ingrediente imprescindible antes de iniciar el proceso de tener una buena relación con la soledad. Y hay que tener una mente abierta y sin prejuicios para que la soledad sea enriquecedora.

En la soledad sólo ha de haber engrandecimiento. No ha de ser el momento de aprovechar para sacar a la luz solamente los trapos sucios, ni para reprobar y reprochar: es el momento del auto-descubrimiento, del hermanamiento, de la reunificación de las diferentes partes dispersas; es el momento de deshacer conflictos, de mirar hacia adelante, de firmar acuerdos de paz con concordia, de darse los permisos para ser ese Uno Mismo puro que todos albergamos…

Uno viene al mundo para estar consigo mismo, y conocerse, y la soledad es el territorio perfecto para hacerlo.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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