LA DELICIA DE ABRAZAR Y SER ABRAZADO

En mi opinión, un abrazo bien dado –bien hecho- contiene toda la capacidad de amar que uno ha ido acumulando a lo largo de su vida. En ese apretujón, tan puro y sincero, tan noble –en el que hasta sobran las palabras- uno pone toda su facultad de amar, y su acogimiento sincero sin trabas ni condiciones.

Si uno hurga en sus recuerdos, encontrará más de un abrazo de esos que se han convertido en inolvidables, porque la sensación de refugio o de regazo que se sintió entonces dejó una marca imborrable. Dejó un sentimiento en el que uno notó la generosidad de quien le abrazaba, el recibimiento incondicional, el amparo que deseaba o necesitaba, y la impagable sensación de poder quedar desarmado de sus penares y pesares por haber encontrado la comprensión necesitada.

Son mágicos los abrazos. Contienen una cualidad curiosa y asombrosa: la energía que se pone en el abrazo no se gasta –no le deja a uno vacío- sino que se multiplica; mientras más amor se entrega en el abrazo, más se tiene; mientras más calor se entrega, más recibe uno.

Un abrazo es una casa que hacemos para dar amparo o refugio a quien lo necesita, o es un hogar que necesitamos para sentirnos cobijados y a salvo de lo que sea, o es el regazo que nos socorre y consuela, o es la forma de acoger al otro, de integrarlo en nosotros.

En un abrazo se pone un corazón frente al otro corazón. Nada se interpone. Yo te acojo, tú me acoges. Yo no digo nada y tú sabes lo que te estoy diciendo.

Un abrazo no ha de tener fin. Aunque hay que separarse, la sensación ha de permanecer; el efecto producido ha de mantenerse vivo para siempre. Aquel abrazo –el que fue más allá del saludo de compromiso y se convirtió en el sellado de una especie de pacto- nos unirá para siempre a quien fue el coautor. Habremos compartido unos instantes de absoluta entrega. Nos habremos convertido en hermanos de abrazo.

Un abrazo como tiene que ser, requiere que se cierren los ojos, para que nada distraiga de los sentimientos del momento, para que nada interrumpa ese momento de entrega. No se debe abrazar pensando en otra cosa. Ni siquiera en qué decir. Lo que se ha de decir puede hacerse más tarde. Ese momento es un tiempo de silencio. Las almas hablan por los que se abrazan y es mejor no entrometerse en esa conversación.

Estoy totalmente a favor de ellos. Preferiblemente de los que brotan espontáneos porque son un deseo natural, pero también soy partidario de pedirlos –sin vergüenza, como algo muy natural- cuando se necesita amparo, un refugio, el contacto con la vida, sentir el calor de otro humano, socorro, protección, consuelo... es tanto lo que pueden aportar…hay tanto y tanto amor en un abrazo… y, además, sustituyen perfectamente a esas palabras que a veces no sabemos decir. El otro lo va a entender.

Es una de esas cosas que existen para bien y hay que aprovecharse de poder acceder a ellos. Para esto están. Y somos nosotros, cuando queramos, quienes podemos construirlos.

¿Cómo es tu relación con los abrazos?, ¿das y recibes tantos como quisieras?, ¿es una de esas cosas que deberías hacer más a menudo?

Dar abrazos. Pedir abrazos. Qué bello. Qué humano.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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