¿ERES UNA PERSONA O UN PERSONAJE?

En mi opinión, casi todas las personas hemos tenido que convertir a nuestro niño libre –aquel qué éramos cuando nacimos, y quien fuimos durante la primera parte de nuestra infancia- en un personaje que fuimos creando –inconscientemente, por supuesto, dada nuestra corta edad, nuestra falta de una personalidad firme, y nuestra casi nula capacidad mental- para adaptarnos a las circunstancias y normas que nos impusieron nuestros padre y/o educadores.

De siempre ha sido así. No conozco ninguna excepción.

Quienes nos educan, nos imponen una serie de normas que debemos acatar. A veces lo hacen por nuestros bien, para que aprendamos a manejarnos en la vida, pero a veces lo hacen por su propio bienestar, para su comodidad, o porque no saben hacerlo de otro modo.

En algunas ocasiones protestamos, pero somos niños frente a adultos, y al final acabamos claudicando porque, a pesar de nuestro poco discernimiento en esa edad, reconocemos que para seguir teniendo alimento y cobijo, no hay más remedio que convertirse en un niño sumiso.

Cada vez que aceptamos algo que va en contra de nuestra naturaleza libre e infantil, estamos dando forma a un personaje que es capaz de adecuarse a las imposiciones, que se rinde con mayor o menor sometimiento o rebeldía, que para sobrevivir hace incluso lo que no quiere hacer y acepta aquello con lo que no está de acuerdo.

No hay que olvidar que estamos hablando de niños de muy pocos años de edad; que su capacidad de procesar qué es lo que está haciendo y a qué está renunciando aún no está desarrollada del todo, y que ese personaje no se está creando con su colaboración expresa, sino a pesar de él mismo y formándose por su instinto de adaptación y supervivencia.

El caso es que –si no nos lo planteamos seriamente- acabamos creyendo que ese personaje somos nosotros, y “actuamos” –en el sentido teatral de la palabra actuación- de acuerdo con ese personaje que en su día nos obligaron a crear los otros con sus indicaciones e imposiciones.

Acabamos pensando, con resignación, que “yo soy así”. Y no es cierto.

Por eso conviene desmontar al personaje, para ver qué es lo que realmente hay en él de nosotros que podamos aprovechar, y qué no forma parte de nuestra naturaleza y hemos de desechar.

Y conviene mirarse con detenimiento y atención en todas las facetas de la vida, y comprobar qué hacemos de un modo inconsciente pero sin estar de acuerdo con ello, o qué pensamientos de los que nos rigen son propios y libres y cuáles de ellos están inculcados, metidos a presión, pero son ajenos y nos arrastran lejos de nosotros mismos.

¿Por qué hago esto?, nos podemos preguntar.

¿Por qué procedo de este modo?

¿Por qué tengo este modo de pensar?

¿Por qué reacciono de cierto modo ante ciertas situaciones?

Es conveniente embarcarse en un proceso de introspección y autoconocimiento, en una revisión profunda y objetiva de cada faceta que nos compone, para conocer de verdad a este que creemos conocer, al que creemos que somos.

Y eso nos va a deparar sorpresas, más de una decepción, alguna rabieta, pero, sobre todo, esperanza. Esperanza al ver dónde están nuestras cojeras, cuántas cosas podemos mejorar, los inconvenientes que nos podemos quitar de encima, y que hay una luz al final del camino si emprendemos ese camino.

El Camino del Autoconocimiento y del Desarrollo Personal.

Así que te invito a que busques el mejor Camino para ti, a que te involucres plenamente en esta muy gratificante tarea, en este proyecto con final feliz.

Deshazte del personaje y pon en su lugar a la persona. Y la persona eres TÚ.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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