¿ERES UN PERRILLO APALEADO?

En mi opinión, esta es una sensación que se puede llegar a sentir y que provoca un dolor que va más allá del dolor físico.

La sensación de sentirse un perrillo apaleado –en algún aspecto de la vida- no duele en los huesos ni en la carne: duele en el alma. Y para aliviar o erradicarlo no hay pócimas, ni mejunjes, ni medicinas de farmacia, ni hospital al que acudir.

Sentirse de ese modo impide la llegada salvadora del optimismo y espanta la felicidad. Le hunden a uno en una desesperación insonora que no permite ver la luz de la esperanza. La fe desaparece y el luto se impone.

Es tan dramático o trágico como lo describo. Quien ha pasado por eso sabe de la situación inexplicable en la que uno se llega a quedar a solas con sus lágrimas y su desesperación; la conmoción que ello provoca lleva a un desamparo y una desolación que no encuentran otra salida más que la dejarse terminar de vencer y recibir nuevos palos sin molestarse ya ni en protegerse de algún modo. ¿Para qué?

Por supuesto que desde ese estado queda descartada la opción de salir del pozo, de alejarse, de dejar de recibir más palos del destino o de la vida, y menos aún se piensa en poder ser feliz, o en recuperar la sonrisa o la esperanza perdidas.

Jamás se ha visto un perrillo apaleado que muestre una señal de confianza o que ni siquiera sospeche que su situación pueda cambiar algún día. Jamás se ha visto uno feliz o juguetón. Se siente predestinado o condenado a seguir así.

Llega un momento en que su rendición es tal, y su falta de esperanza tan potente, que ya no ladran y ni siquiera enseñan los dientes.

Así les pasa a muchos humanos. Tan hundidos y desesperados se sienten que no son capaces de reunir las pocas fuerzas que puedan tener desperdigadas, ni pueden recoger las migas de esperanza que puedan encontrar para juntarlas todas, ni saben dónde buscar la puerta de salida.

¿Cómo animar a quien sólo conoce el desánimo?, ¿qué solución darle a quien no cree en las soluciones?

Los remedios más inmediatos pueden venir de hacer un esfuerzo -que va a parecer sobrehumano- en el que uno haga contacto con su dignidad y sea capaz de llegar a un acuerdo consigo mismo por el que impedirse seguir en ese estado ingrato. Una conversación sincera consigo mismo, dolorosa pero necesaria, en la que comprender que seguir en esa situación solo conduce a un estado peor y que depende exclusivamente de uno mismo ponerse en acción para abandonar su lastimoso estado… ya que la otra opción es mantenerse rendido, hundido, víctima permanente y sin futuro.

Es muy interesante acudir a un buen psicólogo para que dé pautas de cómo abandonar ese estado, pero eso no siempre está al alcance de todas las personas, así que a quien no pueda acceder a uno le conviene hacerlo por otros caminos.

La dignidad, que es lo más sagrado que cada persona posee, debería ser un empuje casi suficiente para reaccionar.

El Amor Propio y la Autoestima también son muy necesarios –casi imprescindibles- en este proceso, y conviene recurrir a ellos y ponerlos a favor para que colaboren.

Y si todo eso falla habrá que recurrir a la fe o la oración, a buscar alicientes que sean capaces de aportar ánimos, a la familia o los amigos para pedirles que nos salven, que nos cuiden, que nos den una mano infinita, un consuelo permanente, un poco de luz y de aire y de vida.

En los “perrillos apaleados” hay una rendición y una resignación que son obstáculos importantes para dejar de serlos.

Uno puede llegar a crear lo que puede creer. Si uno es capaz de acumular la suficiente rabia contra su situación como para desear abandonarla, puede convertir esa rabia en energía positiva, en canalizarla como motor de acción en vez de dejarla estancada como fuente de frustración.

Nadie tiene por qué soportar esa situación. No hay ningún motivo para que uno se quede estancado en esa dolorosa posición. Ninguna razón es suficientemente sólida como para que uno siga perteneciendo a la frustración y pagando el precio –que es desprecio- que es su propia humillación.

Si estás en una situación similar, si eres un perrillo apaleado –en algún aspecto de tu vida- ármate de coraje y di ¡basta!

Por dignidad, por auto-respeto, por Amor Propio, porque no lo mereces… no permitas que nadie te dé ni un solo palo más.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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