DATE PREMIOS, HAZTE REGALOS

En mi opinión, no somos del todo ecuánimes cuando se trata de juzgar nuestros hechos o juzgarnos a nosotros mismos.

Usamos dos varas de medir distintas cuando nos medimos. Una, cuando se trata de juzgar las cosas que hacemos o hemos hecho “mal”; en ese caso somos muy rígidos, demasiado estrictos, excesivamente exigentes, no nos aceptamos con errores, y nos aplicamos castigos de diferente índole y calibre.

En cambio, cuando hacemos algo bien, algo bueno, algo de lo que nos podríamos sentir satisfechos, usamos otra vara –esa que es injusta- y le restamos importancia, lo menospreciamos, y no le damos el justo trato y reconocimiento que se merece.

Y, por ello, cometemos una infracción en la igualdad que conviene reconocer y no volver a repetir.

Todos necesitamos reforzar nuestra autoestima, y uno de los modos es tener acciones satisfactorias que las hayamos producido nosotros mismos. Eso nos hace reconocernos y valorarnos mejor. Nos provoca una agradable sensación interna que se parece mucho al orgullo del ego, pero es más sano.

Reflexiono… si nos damos castigos cuando hacemos algo mal… ¿Por qué no nos damos premios o regalos cuando hacemos algo bien?

Yo soy partidario de hacerlo. Y lo hago.

No es necesario que sean costosos regalos, voluminosos obsequios (se nos podría llenar la casa y no quedaría sitio para nosotros… jejeje), pero sí es conveniente que sean algo más que un simple reconocimiento, ya que el reconocimiento se limita a darse cuenta pero de un modo “notarial”, seco, aséptico, como un dato, y no lo valora, y en el caso de las cosas que hacemos -de las que nos sentimos complacidos- es necesario casi montar una fiesta, porque lo bueno es bueno, lo que está bien está bien, y lo que es mérito de uno es mérito de uno.

Yo me lo premio casi siempre con una sonrisa, por lo menos.

Me paro frente al espejo y sonrío. Me gusta ver en el espejo esa cara sonriente porque en muchas ocasiones veo una cara seria, demasiado seria -como de vieja amargada institutriz- que me riñe por todo, y parece que es un Inquisidor que ha descubierto algo personal malo y me amenaza desde su mirada violenta.

Cuando me sonrío todo cambia. Me reencuentro conmigo mismo. Con esa cara medio pícara que refleja felicidad -con la que uno se siente a gusto-, con una clara satisfacción que se refleja en la mirada junto a una sensación notable de paz.

Es tan gratificante… y tan barato.

Otras veces me invito a un dulce.

O me premio con un rato de compañía relajante conmigo, en silencio o en amigable conversación interna, sin críticas ni reproches, escuchando mi música, mirando el horizonte…

Date premios, hazte regalos.

Sé amable y generoso contigo. Entierra el hacha de guerra. Echa los odios a la hoguera. Deshazte de lo negativo del pasado. Funda una nueva relación donde sólo quepa lo positivo. Cuídate. Ámate.

Por tu bien.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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