CUIDADO CON LA NOSTALGIA

En mi opinión, la nostalgia tiene varias caras y hay varias formas de tratar con ella, y es imprescindible conocerlas todas y escoger bien el modo de hacerlo del modo adecuado porque de ello depende que se convierta en nuestra aliada o en nuestro verdugo.

A veces resulta ser amable y nos regala una sonrisa y otras veces se nos aparece como malvada y cruel, y su regalo es un dolor difícil de aplacar y consolar. Es esa tristeza melancólica que se origina por el recuerdo de algo que fue dichoso pero ya no está, y, casi siempre, esa añoranza va acompañada por algún reproche oculto por lo que uno no supo aprovechar entonces, porque no lo vivió o sintió con toda la intensidad que la ocasión requería, y cuando uno echa en falta a sus seres queridos –por ejemplo- casi siempre es la tristeza la que se presenta en vez de la alegría, y casi siempre deja un poso amargo de difícil consuelo.

Y cuando la nostalgia viene por un lugar del pasado, por una situación, por un acto, y esa nostalgia está acompañada por un motivo de recriminación, entonces el reproche es dañino, duele, desbarata, le deja a uno descompuesto y desanimado.

Ante esta nostalgia agresiva es conveniente estar preparado para cuando se presente, y conviene tener argumentos para rebatirla, como el perdón, o como la compresión y aceptación íntegra de aquello que pasó.

La nostalgia dolorosa no aporta nada positivo y sí bastante negativo e innecesario. Seguir recriminándose incansablemente, e insistir en una mala relación consigo mismo cargada de recriminaciones no es nada agradable ni enriquecedora. Más bien es algo que requiere de perdón y de olvido.

La insistencia en los reproches es una barbaridad cruel.

Permanecer enganchado a aquello que pasó -que ya nos causó daño y no es necesario perpetuarlo- es un atentado contra la propia estabilidad personal y emocional.

Despreciarse porque no se tomaron decisiones acertadas es de una injusticia que roza lo inmoral.

Condenarse a la tristeza o a un pesimismo reticente es un acto perverso.

Llorar mil horas al día porque ya no se tiene algo que terminó, porque no se puede repetir lo irrepetible, porque las cosas no permanecen, si ello nos causa dolor… es innecesario.

La nostalgia amable, esa que está asociada a una sonrisa o provocan un brillo en los ojos que resplandecen al recordar algo, es excelente. Conviene mantenerla viva, recrearse en ella.

La que provoca dolor, o revive tragedias, o le deja a uno en un estado de ánimo deplorable, es mejor evitarla.

Ante un mismo hecho –por ejemplo, la falta de un ser querido- se puede actuar sintiendo la parte doliente -que es no poder seguir a su lado- y sufrir por ello, o se pueden recordar con una sonrisa cada uno de los momentos buenos que se vivieron a su lado; se pueden dar gracias a quien corresponda por haberle puesto en nuestro camino y por haber permitido que durante un tiempo estuviésemos juntos. Incluso se puede estar dolido durante unos minutos –somos humanos-, pero hay que cambiar pronto ese sentimiento por el agradable, por el del agradecimiento y el regocijo, y quedarse con la sonrisa y la felicidad.

La tristeza, el desconsuelo, la pena, el sufrimiento, la añoranza… todo eso es de humanos. No debemos huir de ello ni negarlo, no es imprescindible ponerse una coraza o negarse el placer amable de una lágrima si es necesaria, pero no hay que estancarse en esa parte y quedarse mal. Conviene dejar al pasado en el pasado, que es su sitio.

Ahora es un bueno momento apra revisar tu actitud ante la nostalgia, y decidir si lo haces según tu deseo o si es algo en lo que puedes mejorar.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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