CUANDO DIGAS “LO SIENTO”, MIRA A LOS OJOS

En mi opinión, cuando una persona -empujada únicamente por su sentido de la justicia- reconoce haber cometido algo que siente como una inmoralidad, y sabe que con su actitud ha perjudicado a otro, y con la intención de repararlo en la medida de lo posible decide ponerse frente a la persona perjudicada para resolver lo ocurrido, está haciendo algo que sobrepasa lo habitual y que es lo correcto, porque está reconociendo frente al otro la desazón que le embarga.

Cuando uno, en posesión y uso de toda su humildad, dice “lo siento” porque realmente lo siente y no como un acto de cortesía, está elevando a la categoría de extraordinario un hecho que podría quedarse simplemente en un trámite de buena educación.

Cuando uno reconoce ante el otro, y ante sí mismo, que uno de sus actos no ha estado a la altura de su propia dignidad y con ello ha podido herir de algún modo a la otra persona, en ese reconocimiento expone su sencillez y bondad, y su capacidad de ser humano en las facetas que aparentan ser menos agradables pero más honestas.

Cuando uno se enfrenta a los resultados de sus actos y los valora con legitimidad y rectitud, y por ello es consciente de la inadecuación de su actuación, ya con ese reconocimiento está pagando la expiación que le pudiera corresponder, y no es necesaria más penalización, porque ese reconocimiento en la voz de su conciencia ya ha causado el efecto preciso para que no se vuelva a repetir la inconveniencia.

No es necesario un posterior flagelo ni arrastrar durante años una enemistad consigo mismo, o un largo castigo, para de ese modo penar por lo cometido.

Repito que, en mi opinión, con el acto de contrición ya queda zanjado el asunto y no es necesario insistir con más látigos ni regodearse en el mal, y aún menos hay que persistir en la necesidad de un castigo por lo hecho.

Si uno se pone frente a una persona a la que ha podido perjudicar, y desde el corazón pronuncia “lo siento”, lo ha de hacer mirando a los ojos de la persona afectada, sin agachar su cabeza, para que el otro pueda captar en la mirada y en el gesto el peso de la sinceridad en esa manifestación.

Si se evita la mirada del otro, se está evitando resolver el asunto con la dignidad que requiere. El otro, además de nuestras palabras, ha de ver el gesto pesaroso de nuestra mirada que no puede disimular el desasosiego con el que uno convive y sufre.

En el mirar a los ojos del otro no hay un reto, sino todo lo contrario: hay dignidad, hay sinceridad, hay bondad y honradez, hay arrepentimiento.

Por eso, si en alguna ocasión sientes la necesidad o el deseo de pedir perdón, o de mostrar tu pesar y arrepentimiento, mira a la otra persona a los ojos cuando pronuncies, con la voz de tu corazón, “lo siento”.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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