CADA DÍA INFELIZ EN TU VIDA ES UN DÍA PERDIDO

CADA DÍA INFELIZ EN TU VIDA ES UN DÍA PERDIDO

En mi opinión, vivir requiere una atención que no siempre se le ofrece.

Entramos rápidamente en la rutina de los días que se suceden uno tras otro, lo hacemos muy ocupados en resolver los problemas y los asuntos nuevos que cada día aparecen, atendemos con dedicación los disgustos y las urgencias, y tenemos una especie de convencimiento sin razón de que somos más o menos inmortales. Y digo esto último porque derrochamos la mayoría de los días de un modo lamentable.

Cuando tenemos un momento de lucidez, o en esas fechas como el cumpleaños, o Año Nuevo, o cuando tenemos que acudir a un entierro, durante un momento pensamos que se pasa el tiempo –que no es “el tiempo”, sino nuestra vida-, y decidimos, con una decisión tan consistente como la nata, que vamos a cambiar, que vamos a prestar atención a la vida, que vamos a vivir con intensidad, que vamos a hacer ya realidad todos esos proyectos que tenemos llenos de polvo en el olvido.

Cosa que no dura mucho, claro, porque otra vez la desatención, y la rutina, y el aburrimiento, y las urgencias, y los problemas, nos llevan de nuevo a la mala costumbre de dejar que la vida siga su imparable ritmo mientras nosotros permanecemos ajenos a ella, ajenos a LA VIDA, ajenos a NUESTRA VIDA, centrándonos solamente en lo que nos viene de fuera.

VIVIR, es otra cosa.

LA VIDA, es otra cosa.

La infelicidad, o la apatía, o la desatención, o la peor rutina, ocupan los segundos, los días, y se nos olvida una de las partes importantes a las que podemos acceder: la felicidad.

Y cada día infeliz es un día perdido de tu vida.

Sí, acaba el día y has hecho cosas, has resuelto conflictos y asuntos urgentes pendientes, pero… ¿has sido feliz?

¿Le has dedicado atención a tu felicidad?

Sí, lo escribo siendo consciente de lo que escribo.

La felicidad se merece un lugar destacado en nuestra vida. No es un asunto de momentos puntuales, ni algo que hay que dejar en manos del azar, o que sean los otros quienes se encarguen de facilitárnosla, sino que es vital porque nos aporta ilusión, confianza, esperanza… es un oasis en medio de la histeria en que convertimos nuestra vida durante la mayoría del tiempo.

Y si no accedemos a la felicidad –por lo que sea, aunque ya queda claro lo que pienso con respecto a eso-, por lo menos evitemos la infelicidad.

Seamos conscientes de que el origen de la infelicidad es, en demasiadas ocasiones, un asunto exclusivamente personal. Y esto requiere una larga, insistente, y profunda reflexión.

¿Realmente es necesaria la presencia de la infelicidad en mi vida?

Rebajando la excesiva auto-exigencia, y las condiciones tan descomunales que ponemos a veces para sentirnos felices, y siendo capaces de quitar tragedia a las cosas que nos suceden, y pudiendo reírnos de nosotros mismos y de nuestras reacciones tan dramáticas e infantiles a un tiempo, conseguiremos espantar la seriedad y el melodrama de nuestro comportamiento.

Y seremos los principales beneficiados.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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